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Como buscando alivio de penas en su pluma,

se puso a escribir versos recordando el pasado,

escribió algunas letras y el cuaderno gastado,

se llenó de sus sueños como en aquel verano.

 

Cual fugaz sinfonía renació en sus sentido,

todas las cosas bellas que el amor nos despierta,

solo con sus recuerdos y el trinar de sus sueños

el revivir del beso de aliento enamorado.

 

En esas vacaciones conoció a esa princesa,

la que llenó de flores su vida solitaria,

hoy encuentra nostalgia de nuevo en la tristeza,

y acaricia el recuerdo de aquel amor de antes.

 

Carolina era el nombre de aquella mujer bella,

que le brindó en la arena su febril inocencia,

al entregar su cuerpo, quiso llenar su vida,

con su piel siempre fresca y un amor fascinante.

 

Fue un verano soleado cuando se conocieron,

ella y él caminaban por la misma vereda,

cuando el sol de verano se escondía en la playa,

mostrando sus colores, se fue ruborizando.

 

Al mirar su sonrisa se descubrió el paisaje,

se inundó con poesía ese puerto lejano,

sus doradas caricias que inspiraron sus besos,

se desbordó el deseo que hace el amor profano.

 

Sus primeras caricias, tal vez el primer roce,

la hizo temblar de dicha, lanzarse al mar sin miedo,

jugando entre sus labios sintió la miel que guarda,

toda mujer que besa con dulzura a su amado.

 

Al ritmo de una hamaca y al compás de un te quiero,

dejaron que sus cuerpos se unan de un abrazo,

juraron adorarse y amarse locamente,

y su sueño fue siempre regresar a esa playa.

 

Al final del verano volvieron a sus pueblos,

que estaban muy distantes para cruzar sin auto,

con cartas cultivaron su relación por meses,

pero el tiempo infalible, hizo que ya se olviden.

 

Y a pesar de los años que han pasado en silencio,

aquel amor regresa cuando pasa la vida,

y los dos se acuerdan de aquel amor sincero,

su primera experiencia, la que jamás se olvida.